Crónica: San Felipe en el cerro I

A continuación te presentamos la primera parte de una crónica que nos cuenta la aventura de realizar un documental, en donde una pequeña capilla que resguarda a San Felipe Pescador es central. Una experiencia narrada en primera persona que nos habla de un México espiritual y profundo. 

Por: Oswaldo Gianelli / Fotografías: Santiago Olvera

“He escrito estos versos

para que vuelvan los Dioses”

Ricardo Reis

            Hay historias ocultas en los cerros, en las laderas, en el lecho seco del río grande, en los organales que miramos en la lejanía. Salimos de la cabecera municipal a las 10:45 am, con rumbo a la comunidad de Bondojito, ubicada a los límites de Huichapan y Tecozautla. Viajar en transporte colectivo siempre es una odisea.

Santiago, Pepe y yo caminamos con rumbo al sitio donde los choferes de las llamadas peseraso combis aprovechan para esconderse a ratos de los rayos inclementes del sol debajo de un pirul. Unos metros antes de llegar al lugar para abordar el transporte, miramos cómo se asoma el frente de una pesera, como saludándonos cordialmente. Pepe grita – esa es lacombi, ¡córranle! – Santiago y yo nos miramos y corremos. Nuestras mochilas rebotan cruelmente en nuestras espaldas.

Alcanzamos a subir, ruta Huichapan-Dandhó. Acomodamos nuestras cosas, nos miramos, sonreímos. – otro poquito más y no alcanzamos a irnos – dice Pepe, nuevamente. Por un par de minutos guardamos silencio. Sólo escuchábamos las voces de los demás pasajeros y el ruido del motor haciendo cambios de velocidad constantes.

A Santiago le cuento de qué va la cosa – llevamos un tiempo con este proyecto, nos hemos tardado en hacerle ver la luz – él, sonríe. Le conozco de hace tiempo, es un gran fotógrafo, siempre amable y atento, con convicciones claras y siempre está dispuesto a ayudar. Su rostro es gentil. A Pepe le conozco desde hace veinte años. Cursamos gran parte de nuestra formación académica juntos. Lo miro, él sonríe – esta es la buena, mi buen. Ya no hay que despegarnos tanto, esto tiene que quedar listo lo más pronto posible – dice. Asiento con la cabeza y después los tres desviamos la mirada para perdernos en el paisaje que vamos dejando atrás.

Reanudamos dos o tres veces más la conversación. Pepe le pide a Santiago su opinión acerca de cuál es la mejor cámara para filmar, yo, escucho atentamente. Así sucesivamente. Una de las pasajeras nos mira, como incrédula de lo que hablamos. Pasan los minutos acariciando a las voces de mis amigos.  Pienso en el clima cuando veo el horizonte. También en la luz.

Interrumpo la charla que Santi y Pepe tienen para preguntarle a este último si se acuerda de cómo llegar a la casa donde nos esperaban. – No, carnal. ¿No te acuerdas tú? – Siento un ligero vértigo cuando respondo que no. Nos reímos y al bajar de la pesera, seguimos riendo. – ¿Cómo es que no te acuerdas? Yo no sé, la última vez que vinimos nos trajeron en camioneta, mejor pregunta –Pepe no deja de reírse desbocadamente. Caminé hasta la tienda que está en la entrada principal del pueblo. Una chica sale, le preguntamos entre todos si conocía la dirección de la familia Valerio. – Es de la iglesia a mano derecha. Ahí se ve la casa – salimos un poco más confiados y caminamos a donde nos indicó.

A pesar de eso, seguimos guiándonos por recuerdos. Nos perdimos, irremediablemente.

Entre las calles empedradas, el sol que alardeaba todo su poder y nuestra inquietud por llegar lo más pronto posible, pronto, un camión viejo que transportaba un bidón de agua, se paró frente a nosotros. Nos saludó una pareja. – ¿Por dónde caminan, jóvenes? – miramos con atención y reconocemos a doña María Isabel y a don Luis, padres de Abraham, amigo en común que vive en Estados Unidos desde hace ya bastante tiempo.

Crédito Santiago Olvera

Andamos extraviados – les contesté. Apenas escucharon mi respuesta. El ruido que despedía el motor del camión marca Ford, (supongo que el año ya es bastante lejano) era imponente. Nosotros escalamos a la plataforma, el camión arranca y avanza lentamente: el peso del agua es colosal.

Al llegar a la casa donde hace dos años habíamos grabado gran parte del documental, el zaguán, abierto de par en par, invitaba a propios y extraños a entrar a comer un taco. Bajamos del camión y entramos a donde un enorme comalcalentaba tortillas de maíz hechas a mano. Las señoras que preparaban la masa nos saludaron cordialmente e hicieron bromas. Pregunté por doña Gudelia. –Abuela no está, salió a comprar carne y pan para mañana – responden a la vez que nos ofrecen almorzar.

La comida en el campo mexicano siempre es un manjar. Sin repelar, decimos que sí y tomamos asiento en la larga mesa de madera que está frente al fogón principal. El humo de la leña se impregna en nuestras ropas, en el cabello, y lo que logra escapar, se disuelve en el aire. Sirven platos de caldo de pollo, salsa de molcajete, tortillas recién salidas del comal y un poco de nopales con cebolla. Cada quien come a su ritmo. Bebemos refresco de toronja y ya con el estómago satisfecho, nos reclinamos en las sillas de plástico en donde reposamos la comida.

Crédito Santiago Olvera

Charlamos de todo un poco. Las cámaras reposan en la mesa, listas para disparar y capturar imágenes. Hacemos alguna toma del proceso de elaboración de la tortilla, de los rostros de las mujeres que hasta la fecha, siguen amasando, maquinando y calentando el alimento principal de la dieta de sus familias. Click y la imagen se congela en blanco y negro. La luz ilumina los rostros. Click y el obturador capta las líneas de los años a cuestas de cada una de las mujeres que trabajan arduamente para que se lleve a cabo la tradición.

Otro click y captamos las sonrisas que con devoción transformaban aproximadamente cuarenta kilos de masa en tortilla. – Esto es poco, durante los próximos tres días tendremos qué hacer más, joven – cuenta una de ellas. No dudamos que sea cierto. Y mientras todo esto ocurre en la cocina, paralelamente los varones suben objetos al camión que se había estacionado en el patio. Cacerolas, botes de granos (maíz, frijol) aceite, leña. También cerillos y algunas mantas. Parte de la familia pasará la noche en la profundidad de un cerro donde se ubica una pequeña capilla que en su interior, resguarda a San Felipe Pescador.

Miro el reloj, es casi mediodía. Aprovechamos que doña Gudelia no está para ir a la iglesia de la comunidad a hacer algunas fotos. Caminamos por calles bañadas de polvo, endurecidas calles que serpentean a través del pueblo tristemente célebre por ser cuna de varios de los más grandes ladrones que se han conocido hasta ahora en la historia del municipio. Avanzamos sin reparo. Santi y Pepe ahora hablan de edición. Pongo la cámara en el tripie para grabar unos segundos a un auto en movimiento que se aleja del pueblo. Cierro la toma y después, los capto a ellos durante otros pocos segundos, hablando….

…Continuará…

Crédito Santiago Olvera

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