Crónica: San Felipe en el cerro II

Te presentamos la segunda parte de una crónica que nos cuenta la aventura de realizar un documental donde una pequeña capilla que resguarda a San Felipe Pescador es central. Una experiencia narrada en primera persona que nos habla de un México espiritual y profundo. 

Por: Oswaldo Gianelli / Fotografías: Santiago Olvera

Lee la primera parte haciendo click aquí

Cierro la toma y después, los capto a ellos durante otros pocos segundos, hablando…

A pocos metros está la iglesia. El capellán barre el atrio. Entramos y hacemos las tomas necesarias. Después, regresamos a la casa.

Transcurre media hora. En ese tiempo bebemos algo de té y conversamos con las señoras que continúan haciendo tortillas. De pronto, escuchamos el ruido de un auto acercándose. Es un taxi que se estaciona frente al zaguán abierto. Se abre una puerta y logramos ver a doña Gudelia bajar con esfuerzo. La acompañante es otra de sus hijas, le ayuda a bajar y a tomar su bastón mientras el conductor del taxi baja de la cajuela varias cajas y bolsas de mandado. Doña Gudelia tiene ochenta y tres años. El bastón le ayuda a caminar un poco más a prisa. Sus pasos son firmes, y mientras camina hacia donde se encuentran las otras mujeres de la familia, nos mira sin hacernos tanto caso.

Se escuchan varios clicks. Santi y yo estamos atentos a cada uno de los movimientos de la matriarca. Luego, revisamos las fotos en el visor de las cámaras y vamos planeando cómo serán el resto de las fotografías. – Todo en blanco y negro, Santi. – digo. Doña Gudelia toma asiento en una de las sillas de plástico, se quita su sombrero e inmediatamente le atienden. Es como una reina.

Come sin prisa. Cada bocado es vital para aguantar tres días en el cerro. Ella y sus hijas son quienes atienden a más de trescientas personas que se dan cita un día después para disfrutar de una pequeña feria que la misma familia organiza. Al terminar, terminar sus alimentos, sigue haciendo labores. Abre una pequeña capilla donde la familia reza ocasionalmente el rosario y abre cajas donde acomoda el pan que compró. Una de las señoras que le ha acompañado llega a nosotros, – abuela les llama, para que le ayuden a poner el pan en las cajas – se ríe después. Todos ríen, algunos a carcajadas. Santi, Pepe y yo nos miramos, alzamos los hombros, también reímos y acudimos al llamado de la matriarca. Hacemos lo encomendado meticulosamente y después miramos las charolas metálicas donde hay migajas de pan dulce. Al terminar la tarea asignada (y también de tomar algunas fotos de la abuela) regresamos a prepararnos para salir con la procesión.

Nos damos cuenta de que Doña Gudelia sale con una escoba y comienza a barrer la pequeña banqueta que da entrada a la capilla familiar. Después, va a sentarse durante algunos minutos a donde las mujeres están por terminar de hacer las tortillas. Aprovecho para hacerle preguntas. Una de las señoras me ayuda a hacerlas porque la abuela ya no escucha bien.

 – Cincuenta años de esta tradición – nos cuenta – y quién sabe cuántos más. Nosotras presenciamos el milagro, cuando una noche de mil novecientos setenta y tantos, vino mi cuñado a avisarme que alguien había roto el dedo de la imagen. Fuimos al día siguiente a la capilla, para ver, y cuando llegamos, justo cuando estábamos dentro de la capilla, escuchamos campanas. Pensamos que alguien había hecho ese ruido, pero no fue así. – Doña Gudelia nos miraba fijamente, todavía recordaba lo que había sucedido. A la vez, Santi tomaba fotografías y Pepe grababa para la posteridad. – Siempre he contado con la ayuda de mi familia, nosotros sólo recibimos ayuda de quienes quieren ayudarnos – me sorprendo. Una de las hijas nos comenta que hacen una pequeña colecta, sin embargo, es poco lo que se junta. Todos trabajan para ese día. Comparten lo que logran, sin distinguir a nadie.

A las 3:30 de la tarde un pequeño grupo de personas se agrupa en la iglesia de la comunidad. En una ceremonia especial, reciben la imagen de la virgen de Guadalupe con mucho fervor, y con incienso, marcan el punto de partida. Al salir de la iglesia, caminamos rápidamente detrás de ellos, seguimos apuntando con la cámara para captar todo. Rostros, humo naciendo del incensario. Un joven sube al campanario para hacer sonar las campanas. Las personas ahí congregadas cantan y rezan. Hay un aire de misticismo en todo el lugar.

La procesión recorre una de las avenidas principales del pueblo. Algunas casas son bastante antiguas. Hay pocas nubes y el sol no tiene clemencia con nadie. Caminamos y nos cubrimos la frente, como haciendo un saludo militar, para que los rayos del astro mayor no nos quemen la cara. Santi se adelanta y Pepe va grabando. Se escuchan canticos, rezos. Una señora lleva el ritmo. Hasta adelante del contingente va un hombre armado con cuetones, cerillos y un tubo metálico que dirige el disparo hacia el cielo. Los cuetonesrasgan el aire, con su humo y su ruido peculiar, un silbido fuerte que termina en una detonación. El camino se va abriendo poco a poco. Caminamos durante casi tres horas a través del monte. El camino en un principio parecía amable. Poco después, se volvió difícil. Había que bajar una ladera para llegar al lecho delrío grande y después, subir una cuesta bastante prolongada.

En el cielo, algunas nubes se agrupaban. Los que íbamos documentando todo, miramos, incrédulos. Zopilotes, halcones y algunas águilas volaban juntas sobre todas las personas que iban en la procesión. Comenzaba a oscurecer.

Tratamos de emparejarnos a los caminantes pero tuvimos que correr para alcanzarlos. Corrimos y corrimos. Miramos el horizonte que parecía cada vez más lejano. – La hora azul – dice Santi. Afirmamos con la cabeza, y unos instantes después, logramos divisar una pared de órganos que se erigía para circular el terreno donde se alzaba la pequeña capilla. En la entrada, el padrino (que es la persona que se encarga de enrosarla iglesia de la comunidad y la capilla) esperaba atento la llegada de las imágenes. A quienes iban cargándolas, les recibieron con humo de incienso, saludando a los cuatro puntos cardinales, y con cantos religiosos. Nadie de los que iban se veía cansado. – El sol quema la piel, pero no la fese escuchó a alguien decir. Seguimos haciendo nuestro trabajo: documentar. Casi no se veía nada. ISO 1600. Clicks y más clicks. Entramos finalmente a la pequeña estructura de piedra con su fachada pintada de blanco. Cantos, clicks, más rezos. Después, los tres mosqueteros nos alejamos un poco. Tomamos asiento y suspiramos. – Estuvo buena la caminata –dije.

No pasó mucho tiempo para que nos ofrecieran de cenar. Arroz, mole de olla y tortillas calentadas en un comal que se había puesta al calor de la leña. Otro par de horas pasaron rápidamente. A Santi se le acercó elpadrino para conversar. – Ya tengo dieciséis años siendo padrino de esta fiesta – le contó, moviendo las manos serenamente.

Dentro de la capilla, los asistentes rezaban. Al salir, comida caliente, té de cedrón y tortillas les esperaban. Las mujeres de la familia corrían para atender a cada uno de los presentes.

A las nueve con quince minutos, una camioneta partió con Santi y Pepe hacia el centro del municipio. Yo no tenía más remedio que quedarme, no alcanzaría transporte de todas maneras.

Estuve hablando con Abraham por WhatsApp, él también colabora económicamente desde hace años. Minutos después, se me acaba la batería. Me quedo incomunicado y una familia amablemente se ofrece a llevarme hasta mi casa. Acepto.

Al subir a la camioneta, miro mi bota izquierda, está rota, me río.  Al llegar a mi casa, miro nuevamente mi bota. Pienso en los que se quedaron a velar el sueño eterno del santo, en las mujeres que trabajaron tanto durante el día y que seguirán haciéndolo los próximos tres días. – Ser mujer en el campo es todavía más difícil – pienso en voz alta. Preparo café, veo las fotografías en el visor de la cámara, una a una. Pongo atención en los detalles. En todas las fotos la gente sonríe.

Un click más, y se cierra el obturador.

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