Cuento: Los Sepultureros

El siguiente relato publicado en la antología de cuentos Otoños Pasionales, explica como se vivió en México, el efecto de la gripe española en 1918. La última gran pandemia que había afectado al mundo y que, 102 años después, nos volvemos a encontrar ante una nueva: Covid-19

Por: Abigaíl Miranda/ Fotogtafías: Juan Rulfo.

—¡Vámonos! ¡Hay que huir antes de que nos alcance la enfermedad!

—Pero… ¿Pa dónde nos vamos a ir? Sí aquí vivimos pobres allá cuantimás vamos a serlo.

—Pero si nos quedamos nos vamos a contagiar y no hay con qué pagar el médico y las medecinas. Ya ves cómo se están muriendo todos, de milagro no nos ha tocado todavía.

—¡Vámos pues! Ya cuando esto termine nos regresamos. Pero hay que recoger algo pal camino.

Los dos hermanos comenzaron a guardar algunos harapos viejos agujerados y, en cada hoyo lleno de memoria, de pobreza. Recogieron también algunos pocos alimentos para el camino como pan duro, agua, unos tacos de frijoles que debían comer “pa pronto”, porque ya iniciaban a descomponerse; llevaban también algunos huevos por si se prestaba la oportunidad de hacerlos en algún lugar. Un zarape y una cobija por cada uno y, con lágrimas  se prometieron volver pronto esperando a que la epidemia terminara y no los matara.

Era de noche, no tenían otra vía de traslado al pueblo próximo más que el andar a pie. Tendrían una noche cansada y fría caminando entre los áridos, secos y helados vientos.

Su pueblo no descansaba aquella noche. Todos se mantenían alerta sacando cadáveres, aventándolos en fosas, quemando sus pertenencias infectadas. A lo lejos se oían lamentos, groserías, quejas, peticiones.

—¡Tole, tole! — exclamaba algún moribundo al que antes de morirse ya lo estaban metiendo al hoyo.

—¡Tole, tole! (atole).

—¡Qué tole ni qué tole! ¡Cierra el ojo que ahí va el tierra! — Contestaba alguno de los sepultureros.

A ambos hermanos les parecía alarmante la manera en que los enterraban vivos, en que en su desesperado acto por eliminar el virus quemaban las pertenencias y enterraban a las personas agonizantes, personas que todavía daban señales de aliento.

Gente a la que no se le brindaba ni la oportunidad de hacer una última petición para después morir en paz.

Los hermanos caminaron toda la noche hasta que se perdieron entre las penumbras de otras tierras, hasta que dejaron de oír lamentos y levantaron la cabeza para ver que el cielo se comenzaba a colorear con las tonalidades de las madrugadas.

Cuando amaneció por completo, decidieron tirarse debajo de un árbol para descansar sus pies que punzaban por tanto andar, beber agua y comer un poco del pan duro. Los tacos de frijoles se los habían comido en el camino.

Se quedaron mirando por algunos segundos la adversidad de su naturaleza, bebieron agua, se miraron fijo.

 

—Ya llegamos… — dijo uno de ellos.

—Verás como aquí comenzamos una nueva vida. Nomás nos descansemos nos vamos a buscar trabajo, por mientras nos buscamos un albergue en la capilla del pueblo para tener un techo  caliente donde sobrevivir.

—¿Qué será del pueblo que acabamos de abandonar?

—Se estaba muriendo, tal vez después ya no haiga nada ahí.

—Vámonos esperando a que se calmen las aguas y nos regresamos.

—¡Tengo frío! — sudaba, era evidente ardía en fiebre.

—¿Por qué no me avisaste en el camino pa regresarte al pueblo? Pa mí que de hoy no pasas. Caminamos toda la noche y no me dijistes nada.

—¡Tengo frío!

—Ahí te dejo una cobija. Yo ya me voy, que si me quedo a cuidarte me voy a terminar muriendo yo también y a mí ni quien me entierre. Ojalá pase por aquí alguno de los sepultureros…

Tomó una cobija de punta, la cobijó a su hermano. Levantó su tambache y con agua en los ojos se fue caminando hasta adentrarse bien en el nuevo pueblo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *