La muerte ayer, la muerte hoy, la muerte mañana

«Convivir con la muerte podría llegar a ser la gran enseñanza del siglo XXI, como lo fue en el medievo o en las grandes guerras».  Atravesamos una etapa difícil en la sociedad, en la que las palabras «pandemia» y «muerte» se han apoderado de las primera planas de los medios a nivel mundial, convirtiéndose en el pan de cada día de nuestra mente. La sociedad toma diferentes posturas, mirar con humor, alarmarse o resignarse.

Por: Sebastián Barros.

Se ha popularizado en estos días un video que utiliza con maestría la teoría de los arquetipos de Jung, en su sentido prototípico y colectivo; un meme -una especie de vehículo cultural globalizante a estas alturas- que se sostiene en su comunicación manteniendo sus formas -música, protagonistas, contexto- y fondos -la percepción generalizada que nos dirigimos hacia un mismo destino-, para terminar en un clímax, si no idéntico, propio de una concepción sisifiana.

Los compactos audiovisuales, que no superan los 20 o 30 segundos, ambientados con un tecno disco “in crescendo”, comienzan con un accidente o una posibilidad -aunque ha ido mutando, como un virus, en sus formas y además permite dentro de su geniunidad un desenlace imaginado por el mismo receptor, que termina siendo su propio autor-, para pasar, con la fuerza de un trueno, a cuatro africanos bailando con un ataúd entre sus hombros.

La cultura global tiene una rapidez en su reproducción parecida al mismo virus, que nos alcanza en este nuevo mundo que hemos descubierto plano, como lo describe Martín Caparrós en una columna publicada en el New York Times, debido a nuestra nueva perspectiva sostenida en múltiples pantallas que nos habitan. No imagino un mejor símbolo de lo que estamos viviendo: la muerte, después de casi un siglo ha vuelto a tocar nuestra puerta, esperando sigilosa en cada esquina, como en el “El séptimo sello” de Bergman, para jugar un ajedrez (lo que no deja de ser una ironía).

Pero la muerte siempre ha estado ahí, al acecho, tal como la vida. La fastuosa medicina, los grandes adelantos tecnológicos, nos han llevado a expectativas de vidas más longevas que cualquier generación anterior, bordeando los ochenta o cien años, un ciclo que se ha ido alargando gracias a pastillas, ejercicios y a un bienestar general de la población más vinculado a lo físico que a lo espiritual.

Hemos olvidado de manera repentina, en un proceso que algunos puristas podrían denominar historiográfico, a convivir con la pelá. Es cosa de ver algunos datos. Si en 1960 de mil nacimientos 120 terminaban en deceso en Chile; en 2012 ese número bajó a nueve. Mi abuela contaba que tuvo un aborto espontaneo en medio de sus siete hijos, y ella misma tomó una pala y enterró a mi tío en el patio trasero de la casa, bajo un metódico y práctico ritual, íntimo y lleno de amor; una imagen que me cuesta reconstruir entre mis coterráneos o subcoterráneos, para los cuales la vida es todo: es ayer, es hoy y es mañana.

¿El COVID-19 será el fin de una cosmovisión que ha moldeado y formado a por lo menos dos generaciones de seres humanos, que ni en sus sistemas de enseñanzas formales e informales incluyen a la muerte como un elemento clave a considerar en sus propios patrones psicológicos y de comportamiento?

Si bien es cierto culturas como la oriental o los mismísimos mexicanos y cuates, han mantenido tradiciones que los reformulan como personas, sociedades y entornos, no creo que finalmente nos refiramos a lo mismo: a aquellos navegantes holandeses que popularizaron el barrio rojo de Ámsterdam casi como un purgatorio, pues nadie sabía, cuando zarpaba, si volvería a poder recorrer la suave piel de una mujer. Vivir, en otras palabras, como si el mañana no existiera; como si la vida y la muerte fueran un mismo cronista, salvaje, abrupto y lleno de compasión a la vez.

La vida no volverá mañana, si la muerte no está ahí para gritar al oído. Será Ventanas o Huasco, pues no hay prisa: los números alcanzan para una nueva ecuación, aunque se ennegrezca la tierra y el aire, pues de lo contrario, tu epitafio, lleno de pobreza, no escribirá ningún futuro.

Un nuevo escenario que nos llevaría -quizás- a entendernos mejor a nosotros mismos, formados por tanto espacio como vacío a la vez, a dejar de reformular y especular para tomar las decisiones que no pueden seguir esperando; quizás nos llevaría a volver a entender mejor a la naturaleza, a sentirnos parte de ella y no con su servicio a la carta, tomando en cuenta que estas lides para ella no son nada desconocidas, con especies como el icónico tigre, el oso panda gigante, los osos polares, los gorilas de montaña o los atunes rojos a una generación de desaparecer.

Mictlantecuhtli, dios de la muerte Mexica. Dibujo de Gwendal Uguen – Fuente: https://www.flickr.com/photos/gwendalcentrifugue/7261318162

La muerte sería una nueva conciencia en las cosas, más tenues pero brillantes a la vez; un pasadizo hacia un estadio donde la lucidez le gane a la barbarie, donde la vida nos conecte más allá de las puestas en escenas sistémicas y tristes de los monigotes que las generan.

Walter Benjamín, el sagaz politólogo alemán, en su crítica de la violencia distingue los medios y fines a los cuales su objeto de estudio está superpuesto desde el positivismo o la jurisdicción, razonando, al final, que sólo la violencia pura, convertida en un fin en sí misma, puede comprenderse en su justa medida. Es la misma enseñanza de la gran y vilipendiada película de Darren Aronofski -en mi humilde entender su gran hazaña cinematográfica-, The Fountain, donde une hilos budistas, cristianos y humanos -las breves y pequeñas historias- en una fabula sobre el valor de la vida y la muerte.

Convivir con la muerte podría llegar a ser la gran enseñanza del siglo XXI, como lo fue en el medievo o en las grandes guerras; la vida no es un derecho, como los conservadores se apurarán en vociferar, sino un privilegio que alguna fuerza misteriosa ha puesto en nosotros, no como una isla, sino como un sistema interconectado, viral, que se interrelaciona con la vida misma, con todo lo que nos toca y deja de tocar, y así con la muerte; la historia que nos define y nos condena.

Tratar así a la vida, con el respeto con que un león devora a su presa o como si cada acción tuviera consecuencias, sería, finalmente, entender en una nueva forma, en un nuevo estado espiritual, lo que significa ponerse el pijama de palo.

 

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