Conoce el trabajo de la escritora Brenda Ríos, quien nos comparte su cuento Bares

Brenda Ríos nació en Acapulco, se desarrolla como escritora, ensayista y  traductora. Ha obtenido premios como el Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, 2013 y el Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo, 2018. Otorgado por el gobierno del estado de Guerrero. Ha sido profesora en la Facultad de Comunicación de la UI, en el IEMS y en la carrera en Desarrollo y Gestión Interculturales y en el Centro de Estudios Latinoamericanos, ambos de la UNAM. Aquí nos comparte su cuento: Bares.

Por Brenda Ríos / Publicado originalmente en el libro «Cubo de Rubik», publicado en Camelot América, 2018.

Ahí estaba yo, esperando a alguien. Mientras espero, saco mi libro. Alrededor mesas llena de jóvenes y viejos con esa alegría que no contagia, molesta. Alegría de oficinista libre en viernes en la noche. Pájaros fuera de la jaula. Mi cita no va a llegar, no había confirmado pero como vive tan lejos no tuve problema en esperar por si acaso. A mí el bar me queda muy cerca de casa de todos modos.

Pedí cerveza y saqué mi libro. Poca luz, risas estruendosas, gente saludando gente, trozos de conversaciones y yo leo como concentrada en biblioteca. Algo hay del ruido alrededor que puedo hallar esa concentración lúcida, algo así como ver claro para un miope. Estar en medio de gente que no conozco y que tienen algo que me hace alzar la mirada: un trozo de color en su ropa, una voz más llamativa que otra, un hombre perdido en el pasillo buscando a alguien, me distraigo segundos y regreso al libro. Debo parecer extraña. Soy la única ridícula rodeada de fiesta y parece que me preparo para el examen de mi vida. ¿Quién lee en un bar? La persona preparada a esperar largo rato. Forman parte del escenario unas 30 personas frente a mí, más los 7 meseros cerca de la barra iluminada de colores; y los más de 50 trogloditas de la terraza. Páginas que paso, tragos cortos de cerveza. No tengo hambre pero además en ese lugar la comida no es buena. A los 20 minutos de mi dicha se fue la luz. Los meseros tenían unas lamparitas que usaban a discreción para no quedarnos en la total oscuridad. Lo curioso es que yo estaba leyendo una escena que tenía lugar en París donde la protagonista toma café frente al hombre que había sido el esposo de la amante de su madre y se había ido la luz. Como en Cuba, dijo ella. Él dijo: sí, por no pagar. Me maravillo. Como cuando el protagonista dice su edad y es la mía, como cuando le pasa algo al héroe que ya me pasó a mí. Esas breves escenas de coincidir. Un lugar en el que estuvo y donde yo estuve. Todo eso que nos hace recordar lo poco que tenemos de extraordinarios.

De niña mi película favorita era la de ese niño que entra a una biblioteca en medio de una tormenta y encuentra un libro donde le hablan a él porque es el que falta, y donde comenzará una serie de aventuras en otro lugar. La fantasía es mejor que lo que nos pasa o pudiera pasar, o, en todo caso, nos ayuda a tener herramientas para enfrentar lo que tengamos que enfrentar en lo “real” en la casa, en la familia, en el matrimonio, en el sexo, en la oficina. Así que cuando me pasa eso de leer sobre un apagón en medio de uno me siento parte de algo extraño. Alguien me lee y ese alguien juega conmigo. Lo hace tan bien que me doy cuenta de lo que trama: eso quiere, concluyo. Soy sólo un soldadito de plástico puesto en la sábana de alguien que se aburre y este soldadito va a un bar, donde estará rodeada de soldaditos que salen de sus respectivos lugares y estamos juntos ahora. En caso de emergencia mi destino estará sellado en este lugar: mi vida anónima junto a la vida de los desconocidos. Encontrarán nuestras credenciales, sabrán nuestro nombre, edad. Lo que teníamos en la cartera ese día. Pero no sabrán que yo leía sobre un apagón. No sabrán qué sentía en plena oscuridad, en medio de esos gritos de euforia infantil ante la sorpresa, y luego la normalidad. Todos conversan como si no hubiera pasado nada… No puedo leer, miro alrededor, decido que no llegarán pronto los de la compañía de luz, termino mi cerveza, pago y salgo a la oscuridad de la calle.

Alrededor los restaurantes llenos, la plaza llena, gente comiendo, charlando, iluminados con velas, tienen esperanza, se ve. Puedo sentir esa esperanza a media calle, mientras camino: llegará la luz, todo estará bien, nadie tiene que irse a casa. Nadie quiere llegar a casa, es viernes, el trabajo fue hecho, las tareas de casa también. Hay que desfogar un poco, sacar el humo, decir groserías, acercarle el cuerpo a alguien y quizá si tenemos suerte, irnos a dormir una sola noche sin miedo a nada.

 

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