Hualtepec: El cerro de las serpientes y el colibrí hechicero

A través de esta crónica, Oswaldo Gianelli nos sumerge entre las veredas de un cerro mítico, donde historiadores y arqueólogos ubican el nacimiento del dios de la guerra Mexica: Huitzilopochtli. 

 

“En los palacios y cabañas del tiempo

habitan los hombres,

pero en los templos no viven los dioses.

Por que los dioses no están en el tiempo”

Miguel León Portilla

 

Por: Oswaldo Gianelli / Fotografías de Javier Ángeles

 

20°18´21”N / 99°31´38”O.

            3033 msnm, 29°C

Era la primera ocasión en la que me animaba a subir a la cima del cerro Hualtepec (para algunos otros Coatepec). Corrían los días de Julio, verano en todo su esplendor: calor, humedad y aire cálido corriendo por los caminos y veredas de las comunidades olvidadas del pueblo llamado Huichapan.

Nos alistamos para salir a las 9:00 de la mañana de un martes en el que el cielo despejado nos anunciaba que el sol no tendría ninguna clemencia con nosotros, diminutos seres que caminarían por las laderas de uno de los cerros más enigmáticos del Valle del Mezquital. Preparamos lo esencial: botellas de agua, machetes, gorras, un improvisado botiquín en caso de emergencias y algo para comer. Llevábamos botas de uso rudo, sabíamos de antemano que el camino sería duro y accidentado.

Salimos del barrio San Mateo para tomar la carretera rumbo a la comunidad del Astillero, 18.1 kilómetros al sureste del municipio, 41 minutos conduciendo una camioneta Ford Ranger blanca que a tope, cruzaba un camino empedrado que parecía arrastrarse pesadamente, como un antigua y enorme víbora en busca de su origen: El cerro de las serpientes, lugar donde nace Huitzilopochtli, dios supremo del pueblo Mexica, uno de los cuatro Tezcatlipocas (Tezcatlipoca Azul, señor del espejo quemado, señor del sur)

Tal como el monte Xicuco (otro monte sagrado dentro del Valle del Mezquital) en el municipio de Tula, cercano a la urbe Tolteca conocida como Tollan, el Hualtepec, ubicado entre los municipios de Huichapan y Chapantongo, guarda para sí un inmenso conocimiento. Entre los arqueólogos surgen diferentes discusiones que se acercan una y otra vez al origen del pueblo azteca, que en su peregrinar desde Aztlán, dejó huella en la cima del cerro de las serpientes.

            [Nota]

En una entrevista publicada en siempre.mx, Fernando López Aguilar, director del proyecto Valle del Mezquital, comenta: “Los estudios nos han indicado que el nombre original de esta región en el occidente de Hidalgo, fue Teotlalpan (“La tierra de los dioses” en náhuatl), debido a que aquí se encuentra el Cerro Hualtepec que, mediante los trabajos del Proyecto Valle del Mezquital, hemos identificado como el mítico Cerro Coatepec, señalado en fuentes históricas”, explicó el arqueólogo.

           

Con los vidrios abajo y con la radio sintonizando esforzadamente una estación de música, llegamos a la entrada de la comunidad del Astillero, reduje la velocidad. Frente a nosotros, el Hualtepec, imponente, se alzaba por sobre el paisaje enverdecido. La llanura a las faldas del cerro se dejaba ver como un manto fértil del que brotaban plantas de maíz. Algunos tractores iban y venían entre las parcelas.

Paramos a un costado de la iglesia de la comunidad para bajar del vehículo a estirar las piernas y tomar algunas fotografías, el mediodía florecía, la piel nos ardió de un momento a otro y entramos apresurados a una tienda donde preguntamos qué camino de terracería tomar para llegar a la falda del cerro. El dueño de la tienda me miró con extrañeza, luego miró la cámara y salió de detrás del mostrador para indicarme el camino, te vas derecho hasta que llegues al pozo, luego a la derecha y te sigues derecho hasta llegar a la alambrada; ahí vas a tener que dejar tu camioneta, ya desde ahí puedes subir. Así lo hicimos, regresamos a la camioneta y emprendimos el camino, tardamos unos quince minutos en llegar hasta una improvisada cerca de alambre de púas y estacas de madera que separaban al ejido del Astillero con el municipio de Chapantongo.

Bajamos de la camioneta y alistamos las mochilas, revisamos la batería de los celulares y de las cámaras; también revisamos el filo de los machetes y en el camino tomamos algunas varas secas para ir tanteando el terreno. El camino se hizo difícil, teníamos que andar despacio, con el oído muy atento, por aquello de las víboras de cascabel, una especie de víbora muy venenosa, endémica de la región.

Paso a paso, unas pocas palabras rompían el curso del vientecillo que corría entre nosotros, nos deteníamos de pronto para mirar alrededor, para hurgar con las varas entre los espinos y matorrales; siempre pensando que lo peor que nos podría pasar no sería perdernos, sino ser mordidos por una de las víboras. Subimos así, a tientas, casi a ciegas. Al llegar a la zona en donde el paisaje cambiaba drásticamente de semiárido a boscoso, nos aliviamos, aunque continuamos andando muy pausadamente, la pendiente se volvía más pesada, éramos Sísifo sin piedra que empujar, pero sí con miedo a resbalar a consecuencia de lo accidentado de la vereda por la que andábamos, llena de hojas de encino que no nos facilitaban el ascenso. Crash, crash, crash… nuestros pasos hacían eco.

Hicimos pausas, mirando a las ramas de los árboles con mucha atención para no ser sorprendidos por alguna víbora colgante. (En este punto quizá exagerábamos con las precauciones, pero no estaba de más, ya habíamos ascendido a la mitad del cerro, en una hora con veinticinco minutos, y en caso de que ocurriese una mordedura de serpiente de cascabel, tendríamos como mínimo, 30 minutos para llegar a un hospital o centro de salud para que se aplicara el antídoto. Prácticamente, imposible)

Bebíamos agua y yo fumaba un poco a pesar de la altitud. También aprovechamos los descansos para tomar nuevas fotografías. Al mirar hacia la comunidad, se dejaba ver un maravilloso paisaje, el vértigo se hizo presente. De vez en vez mirábamos al verde abismo, en busca de un ejemplar de venado cola blanca, no encontramos más que ramas de árboles tocándose unas a otras, el viento silbando entre ellas y nosotros, voyeristas, mirando el espectáculo.

Con las piernas tensas por el ejercicio, el sudor resbalando por la frente y la respiración acelerada, llegamos finalmente a la primera cima, buscando siempre el ojo de la serpiente, lo que se dice que es el “cuerpo hecho piedra” de la diosa Coyolxauhqui, hermana de Huitzilopochtli.

En una de las enormes rocas incrustadas en la ladera del cerro, colocamos las mochilas por un lado y las cámaras en sus respectivos tripiés, con los objetivos apuntando a la comunidad. Queríamos capturar todo: las nubes sigilosas formando las ciudades de los dioses antiguos, el verdor de la llanura, los diminutos tractores que imitaban a las hormigas que llevan a sus hormigueros todo lo que sea consumible. Árboles, muchos árboles sacudidos por vientos ligeros que silbaban melodías que sólo las aves comprenden, y un dios en la cima, el colibrí azul, hechicero alado vistiendo su atuendo para la guerra, sujetando su arma mítica, esperándonos…

Guardamos silencio ante la inmensidad del paisaje. Cada uno perdido en sus pensamientos. Algunos clicks sonaron, nada más. Tomé asiento y saqué de mi mochila una pequeña libreta para hacer algunas anotaciones:

*

Los templos se desdoblan, su interior permanece anónimo, la alfombra más fina está tejida con serpientes, ¿dónde están las plumas? Verde, un verso perdido en la noche.

*

Un eco se extiende, un instante dura lo que persiste mi voz, réplica sutil, muerte en el vacío.

*

Desde la carretera que va de Huichapan a Ixmiquilpan se observa una de las pendientes del cerro. En alguna charla con Pepe, amigo de la infancia (mucho tiempo antes de que subiera por primera vez al cerro) le pregunté por qué justamente en ese lado del montículo se notaba una enorme roca circular. Su respuesta fue muy sencilla: es el ojo de la serpiente.

*

En la cima, Huitzilopochtli está alerta, esperando a que caiga la noche, cuida que la luna salga.

*

Los polvos de los pueblos vecinos se levantan, un fuerte grito se aproxima desde las faldas de la ladera, cuatrocientos, cuatrocientos hijos pobladores del cielo. Corren contra nosotros, como lo hicieron contra Huitzilopochtli. Pero no estamos en guerra, el tiempo; minutos, horas, días, nos persiguen más que la leyenda.

*

La montaña sagrada es en nosotros, el pecho;  nuestro espíritu azul levantándose. Fuego, fuego nuevo, (¿cuántos años faltan para que comience el fin de ciclo y regresemos al origen?

*

            Recordé una de las tantas conversaciones que he tenido con Alejandro Guerrero, poeta mayor del pueblo, acerca de la mitología de los pueblos originarios de la zona, el ciclo de la vida, se lo debes a Quetzalcóatl, dijo. Frente a nosotros, la serpiente emplumada, viento, recorría el rocoso templo que habita Huitzilopochtli.

 

Ahora bien, la leyenda:

[Nota]

A pesar de que existen diferentes fuentes que documentan la leyenda del nacimiento de Huitzilopochtli, se tomó como referencia la que el INAH publica en su página web, así como algunas otras fuentes populares, se buscó que la narración oral fuese similar a la fuente del INAH.

 

A Coatlicue, los dioses superiores le encargaron poblar el cielo de estrellas, así que procreó cuatrocientos hijos, los surianos. La más importante de todas esas estrellas era la diosa Coyolxauhqui. Una mañana, Coatlicue barría el templo en el que habitaba, un colibrí entró por la ventana y dejó en el piso una pequeña bola de plumas color turquesa. La diosa, creyendo que los dioses superiores le enviaban ese regalo, tomó la bola de plumas y la guardó entre su falda de serpientes. Al terminar de barrer, quiso admirar aquel regalo, buscó entre su falda y no lo encontró. Así se dio cuenta de que estaba embarazada. Con alegría compartió la noticia a sus hijos, ellos la rechazaron, argumentaban  que había sido deshonrada y por ello merecía morir. Coyolxauhqui planeó el asesinato, dirigiendo la furia de sus demás hermanos contra su madre y el hijo que esperaba. Uno de los surianos comunicó el plan de Coyolxauhqui a su madre, quien se internó en la montaña. La preocupación de la diosa despertó a Huitzilopochtli que comenzó a hablarle desde el vientre. “No temas, madre, yo sé lo que tengo qué hacer”, le decía. Cuando los surianos y Coyolxauhqui se acercaron a Coatlicue, Huitzilopochtli nació preparado para la guerra: llevaba un escudo de plumas de águila, sus brazos y piernas estaban pintadas de color azul, sobre su cabeza plumas amarillas de quetzal. Invocó a Xiuhcoatl, la serpiente de fuego, el arma más poderosa creada por los dioses superiores. Con ella, Huitzilopochtli derrotó a sus hermanos y los lanzó al cielo, convirtiéndolos en estrellas. A Coyolxauhqui la decapitó y al arrojar su cabeza al cielo, creó a la luna.

Al terminar de tomar las fotografías necesarias, levantamos el equipo y regresamos al camino, subimos un poco más, buscábamos la vereda ya con mucho esfuerzo. Nos detuvimos unos metros antes de llegar a la cima. La miramos y ella a nosotros, Javier y yo decidimos no continuar y nos quedamos a unos pasos de tocar aquel lugar en el que hace cientos de años, los aztecas encendieron el fuego nuevo.

 

Algunas otras notas:

Algunas de las anotaciones que se añaden, fueron corregidas durante el periodo Agosto/Septiembre

La leyenda que se añade casi al final de la crónica, se consultó con diversos pobladores de la comunidad, se tomó la más fiel a la fuente INAH, se pidió anonimato (aún no sabemos por qué)

En el recorrido nos encontramos con un ejemplar de víbora de cascabel, corrimos, era lo único sensato que podíamos hacer

 

 

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