Memoria en ruinas: la palabra como bisturí; conoce a Rodrigo Garnica, médico y escritor mexicano

Rodrigo Garnica es un escritor y médico mexicano; su obra literaria ha sido reconocida con varios premios nacionales, entre ellos recibió el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero en 2003 por La pregunta y el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada en 2012 por Los ácratas. En esta reseña, Oswaldo Gianelli nos relata sus impresiones como lector de «Memoria en ruinas» del escritor mexicano Rodrigo Garnica, ganador de múltiples premios de literatura en México.

Por Oswaldo Gianelli

“Remember me whenever noses start to bleed
Remember me, special needs”
 

Placebo 

«Escucho los sonidos del hospital. Voy despertando. Más allá del silencio. El sonido del silencio, el sonido de la nada, el sonido de la muerte. Me agita la anestesia. Estoy abierto en canal. No siento dolor, pero adivino mis órganos expuestos. Se han ido todos, el cirujano, sus ayudantes, el anestesiólogo. Pasa a mi lado un camillero, me prendo a sus ropas con ambas manos, esta a punto de arrastrarme, de tirarme de la cama, acuden varias personas para someterme, lo consiguen, despierto mojado en mi propio sudor. La primera imagen: Isabel frente a mi llora sin dejar de mirarme. Nos miramos, vaciamos nuestros seres.Un hombre escribe acerca del descubrimiento de su vocación de escritor y entrelaza ese relato con el de otras partes cruciales de su existencia: sus amores, los engaños sufridos, la amenaza del envejecimiento y la aparición de la enfermedad. Concluye algo que todos sabemos: la principal novela a la que podemos aspirar es siempre la que representa nuestra propia vida.» 

Fragmento

Portada de Memoria en ruinas
Cortesía Abismos Casa Editorial

La posibilidad de contar historias con precisión quirúrgica . Cortando partes innecesarias para dejar a flor de piel la vigencia de un recuerdo. Imaginemos que en el quirófano el médico trabaja con la tinta. El revuelo de la pluma hace un trazo tanto en el aire como en la piel. Los ojos siguen con las pupilas el camino que asemeja un laberinto. En sigzag  se van entretejiendo (de la misma forma como se unen las suturas para cerrar la piel cercenada) los recuerdos del lector con los recuerdos borrosos del autor: una especie de película en blanco y negro que azota los sentidos con la música al tempo de un latido.

Diseccionemos pues, las siguientes palabras:

Memoria viene del latín memoria. Formada a partir del adjetivo memor (el que recuerda), y el sufijo -ia usado para crear sustantivos abstractos, y que también dio el verbo memorare (recordar, almacenar en la mente).

Ruina viene del latín ruina (caída, derrumbe, desplome, hundimiento). Este vocablo se forma a partir de la raíz del verbo ruere (desplomarse, derrumbarse, precipitarse, caer). Del verbo ruere también se deriva nuestro verbo derruir.

Para los desmemoriados, para quién sufre de repentinos derrumbes de memoria, el recuerdo impreso es un punto en el espacio y tiempo que ahí se queda. Para Rodrigo, es una fotografía que se nutre de ficción y ruidos de utensilios de metal esterilizado. El campo de batalla que es el pensamiento o la reflexión sobre el pasado se traslada a una camilla donde con bisturí, pinzas, fórceps, gasas e hilo quirúrgico, se van uniendo eventos presentes y pasados, dando paso a un collage extrañísimo del cual se obtienen historias alternas de uno mismo.

¿Es esto una apuesta por una vida que se añoró en algún momento de la vida? ¿O es solo el juego que fluye de dejar el bisturí cortar las siluetas de personas del pasado, uniéndolas después a historias que escuchamos a veces en la radio o que vemos en los dramas de Netflix?

Me es imposible no recordar con la lectura a Mario Benedetti y su Avellaneda. La vejez de este mismo como autor y el deseo por la juventud. Pero todo se resume en eso: deseo. Que quede claro, no insinuo de ninguna manera que la obra que ahora nos trae a reflexionar desde su inicio en la frialdad de los hospitales y las manos de los médicos se vuelca en un simple (o complejo) deseo. El Yo desaparece. Una apuesta a ser testigo. El sabe que está ahí. Mira pasar a las enfermeras. Mira a los médicos conversando, coqueteando con su bata blanca a lo lejos. Les mira moverse, y, aunque baje la mirada, les ve venir en el reflejo del piso reluciente.

Con el pasar del tiempo los recuerdos se vuelven infantiles. Van y vienen. Se esconden, unos detrás de otros. Y cuando deciden revelarse, suele ser, a veces, de una manera poco graciosa. Pero es imposible escapar de ellos. Como un tren con retraso, siempre llegan, aunque uno se haya dado por vencido frente al reloj de la estación.

La vida y la muerte son imágenes. La vida eterna es en sí una breve transición de recuerdos. lo que cuentan de uno, generación tras generación. Luego, largos intervalos de silencio. He ahí el descanso, aunque no eterno.

La muerte, la muerte aquí se escribe con una Meisterstück de Mont Blanc, en un cuaderno de hojas ahuesadas.

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