Salivario: Relatos para comprender las identidades del Desierto

En este «viaje histórico e interno, que da cuenta de un Copiapó que se ha ido transformado al paso de la modernidad» Jessabel Guamán Flores, nos brinda sus impresiones acerca de la cotidianidad de una ciudad desértica que ya «no existe y que solo queda en la memoria como una ciudad de trenes y de personas que vivían desde otras sociabilidades y hoy por hoy están inmersos en como dice el autor en: “campos dunares, llenos de máquinas que echan humo negro al perforar la tierra para sacar tesoros metálicos”.

Los textos del escritor David Ortiz Zepeda compilados en Salivario, nos permiten adentrándonos al desierto, sus historias propias de lugares, sujetos históricos y cotidianos que dan vida a los relatos. Desde la profunda intimidad del escritor, sus reclamos y experiencias de vivir en el desierto, los cambios que ha sufrido y cómo las palabras son el camino para plasmar los desencuentros y encuentros del territorio que se habita.

Salivario es un viaje histórico e interno, que da cuenta de un Copiapó que se ha ido transformado al paso de la modernidad, también al alero de las necesidades económicas, el protagonista  describe a un Copiapó que ya no existe y que solo queda en su memoria como una ciudad de trenes y de personas que vivían desde otras sociabilidades y hoy por hoy están inmersos en como dice el autor en: “campos dunares, llenos de máquinas que echan humo negro al perforar la tierra para sacar tesoros metálicos”. Los gritos de auxilios y de alivio del o la protagonista van dentro de la locomotora que busca que el destino final sea el encuentro con los cóndores y yatichiris que han salido de este mundo terrenal y están recorriendo otras dimensiones desde la sabiduría el cual él o la protagonista intenta llegar.

En este mismo sentido, el relato del Minero Rojo,  nos invita a observar y leer a  un personaje propio del desierto de Atacama, que nace durante el siglo XIX  en estos espacios y que su  figura aún perdura en la actualidad. Desde la narración, el Minero Rojo viene a “advertirnos y recordarnos” lugares del desierto. Desde que cayó al pique de una veta abandonada hasta que “resurgió, entre las rocas, la luz y el sol”. De este resurgimiento, su búsqueda era dirigida hacia el diablo, para apostarle su hígado, las batallas entre ambos fueron arduas, como señala el autor, si uno de ellos perdía concedía el deseo de la apuesta. Durante siete días, el minero se abocó a esta lucha, aunque durmiendo tres días sin parar y al cuarto despertó como nuevo, dirigiéndose a su casa a quemarla, este acto, sería con el objetivo de borrar su pasado, ese pasado en la cárcel, marcado de profecías y fábulas. El minero rojo está detrás de la búsqueda del “Supay”.

El escritor visitó al minero rojo en diferentes momentos,  sus diálogos siempre en torno a la figura del diablo y sus posibles acciones, como por ejemplo que iba a llegar en cualquier momento y necesitaría un ejército de personas para combatirle, es por esto, que se compró un megáfono y pregonó  para armar su grupo que iba a estar en contra de Lucifer; la preconización no es muy bien recibida en Copiapó, la gente hace caso omiso o invisible dentro de la ciudad, pero el autor menciona que cuando “el ve al minero rojo, es su reflejo de viejo” y mientras “el minero rojo lo observa a él se refleja su juventud”, por ende hay un cierto respeto;  estos espejos de personas, es el recorrido de las consciencias de ambos sujetos en tiempos y espacios delimitados de un pasado y un presente que persiste en el desierto de Atacama, en relación a las religiosidades que colindan con lo católico, evangélico y ateo, al desarrollar la historia del Minero Rojo, esta es una de sus posibles interpretaciones.

Salivario en Librería Tierra Culta

En cambio Piedras negras entre tanto nos invita a ver los elementos del desierto, tales como: piedras, peñascos, cielo, cerros y el imponente desierto, donde los gritos son invisibles en la inmensidad.

Así como cactus, que describe la vida de los pescadores y  habitantes originarios  de la región de Atacama[1] en un tiempo histórico que no es el siglo XXI,  estas personas que han convivido desde el mar hasta la cordillera en un espacio diferente con animales como el cachalote entre otros que nosotros hoy por hoy solo vemos en libros o documentales recreados.

Es así como el  autor  viaja en el tiempo y se inserta en este lugar, en primera instancia  sin poder comunicarse con nadie, al llegar e intentar hablar, se da cuenta que no puede conversar ya que nadie le entiende, se siente frustrado,  luego  se da cuenta que si intenta ayudar para capturar a un cachalote,  lo iban aceptar, como se cuenta,  en este acto los habitantes de la costa, le agradecieron muy en general sin dialogar, pensó que cada vez que arribaba un animal marino a la costa decidió  acercarse  ayuda, esas acciones se transformaron  al pasar la semana en una incipiente incorporación a esta comunidad. El relato transcurre con la visita de un chamán, al “escondite” del protagonista, donde lo invitan a ser parte de este lugar  sagrado y sus ritualidades, donde las mujeres y hombres, salían en lanchas, con arpones y rocas a seguir los animales marinos (ballenas, cachalotes, tiburones), si nos damos cuenta en este relato, las mujeres si podían entrar al mar y no era “mal augurio”,  como dicen de la figura femenina en el mar.

La caza, actividad principal que se relata en Cactus nos proporciona información relevante de las sociabilidades en la caza, su metodología, e importancia que tiene en la vida cotidiana de  este pueblo y como poco a poco el autor se va insertando a la comunidad, pudiendo aprender la lengua originaria, observar los ritos, las personas, el territorio y más.  Sin embargo hoy por hoy todo se ha diluido por otros colores de “minerales” que han hecho desaparecer esos espacios y días de meditación, transformándose en inhóspito;  el protagonista recuerda como todos los de la tribu iban a beber agua a los cactus y que esa agua daba vida, también relató como el chamán lo guio a un “sendero prohibido, con un cactus peligroso”, el chamán decía que ese cactus lanzaba espinas venenosas, según su opinión, esas espinas eran encarnación de sus odios, y que agradecía que hubiera poca gente porque el chamán pensaba que entre más gente , más hostilidades y que los cactus peligrosos podían matar a más personas.

Volver a la cotidianidad de la tribu, al protagonista lo volvió a su estado de tranquilidad y familiaridad. Aunque esa quietud momentánea se vio interrumpida por la muerte de los pobladores de la tribu al día siguiente mientras estaba cazando en el mar, al llegar a las casas, los demás lo miraron con odio, pero el chamán le explicó al protagonista  y los sobrevivientes que en parte era su culpa y por otra no, que era algo que iba a suceder,  para “exculpar” lo hizo beber algo que lo sumió en un sueño profundo;  al despertar se encontró con los niños y niñas muertos por las espinas de los cactus venenosos, al ver esto, el protagonista se lanza al acantilado y sigue vivo, pesándole la conciencia por ese infortunio desenlace.

Para finalizar, quiero precisar  que cambié el orden de la narración dentro de Salivario porque  el cuento del Colgado,  es una invitación a lo extraño y paradójico que es vivir en el desierto, donde el protagonista se sumerge en una relación de atracción sexual extraña con una gitana, que le “roba su esencia” ya que queda invertido de pies a cabeza. El protagonista solicita  salir de ahí, al momento de  salir vio muchas puertas y una serigrafía que lo convocó a los momentos con  la gitana, el tarot yatiri que le leyeron y que  quería olvidar; los espejos de esas habitaciones, eran búsqueda de él mismo, y de sus conciencias dentro del desierto.

Salivario, te invita a reconocerte en los diversos, diferentes, particulares y peculiares relatos narrados desde el desierto de Atacama y sus localidades que abarcan de cordillera a mar, la historia detrás de la ciudad de Copiapó y sus personajes que se pueden interpretar en términos de género tanto femenino como masculino,  sus consciencias, historias, objetos y sujetos con elementos rituales que son propio de los pueblos originarios que habitan aquí,  tales como diaguitas, changos, collas que se entrecruzan con las experiencias personales del escritor David Ortiz Zepeda y sus imaginarios del desierto y Copiapó. Este cruce entre literatura e  historia hacen de la lectura, un sinfín de interpretaciones, relaciones y co- existencias entre sujetos, animales, naturaleza y objetos que están en un pasado y presente continuos.

[1] Como el pueblo Chango que fue reconocido el año pasado (2021) como un pueblo originario, que se asienta en la caleta de Chañaral de Aceituno.

 

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